La chanchita

 

Cuento basado en las narraciones de los antiguos pobladores de Huaranguillo

Antaño, era muy común ver, escudriñándose por los recovecos o vericuetos más inesperados de las chacras de la campiña de Arequipa, a los conejos cimarrones; y de esto siempre comentaban los antiguos quienes decían que eran los conejos que se habían escapado de las picanterías y se volvieron silvestres, alimentándose, para sobrevivir, de todo lo que encontraban: licchas, pasto, alfalfa, o cualquier cosa que les ayudara a aplacar el hambre. Pero la situación de estos conejos excarcelados y liberados del cautiverio por motivos meramente fortuitos, lamentablemente los marcaba para siempre.

─¡Ni vayáis a comer un conejo cimarrón! ─decía mi mamá Lorenza─ estos bandidos ya si’an cruzau con las ratas y su comida ya no sirve. ¡Atatáu!

─¡Entendís! ─replicaba mirándome fijamente la los ojos.

Ahora que lo pienso bien, y ya con el pasar de los años, entiendo que ella no estaba en lo cierto, ya que las ratas y los cobayos ─como lo es el conejo arequipeño─ no se aparean. Pero si lo decía mi mamá Lorenza había que hacerle caso, no sólo en éste sino en cualquier otro menester. Y es que esta sentencia iba aún más allá de lo evidente. Ella decía: “Lo que nunca se debe agarrar en la chacra son: el mataconejo, los cojones del diablo, el conejo cimarrón, la ortiga, y, más que todo, los chanchos cimarrones.

─¿Qué son los chanchos cimarrones, y por qué no hay que agarrarlos? ─le decía.

─¡¡Porque son brujas!! ─me gritaba.

─¡Cuidau que vayáis a agarrar a una de esas chanchitas que se aparecen de la nada en la chacra! ¡No la agarrís! porque te va a ojiar y te va a joder hasta volverte loco”. Y vais a quedar como un sonso mamaitumoco.

─¡Entendís carajo! ─volvía a replicarme.

Con el pasar de los años, y ya habiendo olvidado lo que me había dicho, un día muy de madrugada, que me venía en mi burro desde Pampaicamarones después de haber rondau el agua, de pronto vi que un perro apareció corretiando a una chanchita, queriéndola atrapar. Ambos se embalaron por la calle hasta ya casi perderse en la oscuridad. Cuando me di cuenta, empecé a galopar presurosamente, hincando con los talones la panza del burro, para alcanzarlo al perro prontamente y botarlo para que no le haga nada a la chanchita. Y así fue. Habré perseguido entonces al perro tras la chancha creo que un cuarto de hora, hasta la casa de los Valdivias en la parte baja de Huaranguillo.

La que parecía una infructuosa persecución, se convirtió de pronto en una providencial captura. La chanchita, queriendo escabullirse del perro, quedó atrapada en unos alambres de púa, dando fuertes gruñidos que hizo que todos los perros de los alrededores se pusieran a ladrar. Inmediatamente, queriendo evitar que la chanchita se lastime, salté del burro mientras le gritaba al perro:

─¡Fuera! ¡perro’e mierda! ¡fuera carajo! ─mientras le tiraba piedras.

Lo extraño de esta situación eran dos cosas raras: Primero, que todo se veía claramente debido a que estábamos en plenilunio ─o sea luna llena─; y segundo, que nadie salió de su casa a averiguar el escándalo que se había desatado por los gruñidos de la chanchita y los ladridos de los cientos de perros de todo Huranguillo.

Pero bueno, cuando le empecé a acariciar la panza a la cerdita, se calmó totalmente dejándose inclusive cargar en mis brazos. Yo estaba muy emocionado ya que tenía un corral con borregos, chivos, vacas y, por supuesto, unos seis chanchos. Entonces me dije para mis adentros: «con esta chanchita puedo hacer cría». La subí al burro y la puse de panza en las ancas, y me encaminé rumbo a mi raccay, haciéndome, por supuesto, infinidad de ilusiones mientras cabalgaba; ilusiones mil de los beneficios que me iba a brindar la chanchita cuando la pusiera en la pocilga para empezar a hacer la cría.

Habré viajado pues como media hora hasta que llegué a Pasos del Señor donde yo vivía. Entonces bajé del burro con cuidado porque sentí que la chanchita se había dormido y no la quería despertar para que no gritase. Entonces agarré la reata del burro para empezar a jalarlo hacia el corral cuando volteo a mirar hacia la chancha.

─¡Ay mamita!, ¡Qué es lo que estoy viendo! ─grité mientras caía de porrazo encima de un montón de guano. Una mujer totalmente desnuda y con el pelo despeinado yacía sentada en el burro y mirándome tite.

─¡A carajo! ¿qué es eso? ─me dije, mientras me frotaba los ojos.

Y allí es cuando entré en razón recordando las palabras de mi mamá Lorenza ─alma bendita─ que me dijo: “¡Cuidau que vayáis a agarrar a una de esas chanchitas que se aparecen de la nada en la chacra! ¡No la agarrís! porque te va a ojiar y te va a joder hasta volverte loco”.

─¡Fuera bruja’e mierda! ─le dije, mientras me arrastraba hacia atrás, jalando sin querer al burro.

─¡No tengas miedo!, ¡dame un besito y me voy! ─me dijo la bella mujer, toda sonriente mientras se agarraba y me enseñaba las tetas con la depravación de una chilquera.

Pero de pronto sentí una voz conocida.

─¡Qué te pasa!, ¡carajo! ─gritó mi tío Benito, pegándome con el bastón en el hombro, haciéndome reaccionar en el acto.

─¡Una bruja, tío!, ¡una bruja! ─le dije, señalando en dirección al burro.

─¡Queeé!, ¿estás borracho? ¿cómo va a ser el burro una bruja?

─¡No!, ¡la mujer ccalata que esta encima del burro, tío! ─porfié, mientras me daba cuenta que allí ya no había nada.

─¡Anda a dormir nomás, mojón de mierda! para que se te pase la borrachera ─me dijo hincándome el bastón en el lomo, para luego alejarse parsimoniosamente con un porongo en la mano izquierda que iba sonando como el chirriar de una puerta vieja.

Volví a mirar al burro y me levanté. Lo extraño era que sentía como si realmente estuviera borracho y hasta dudé que lo que me había pasado fuera cierto, ya que la mula de huacto que traía en el bolsillo del pantalón para el frío estaba totalmente vacía. Pero, no creía que me había emborrachado tanto como para ver a una mujer ccalata encima del burro. Bueno, ya no entendía nada y así me fui a dormir confundido totalmente.

─Pero, ¡¿y la chanchita?! ─me dije a mí mismo, cuando desperté a las cinco de la mañana en mi cama mientras mi gallo cantaba desde el corral.

─¡Sí!, ¿y la chanchita? ─me volví a preguntar. ¡Eso sí que no es un sueño! Ciertamente, esa duda desde entonces me quedó como un cominillo en mi mente que no me dejaba en paz para nada.

El tiempo pasó, como cuando se van las nubes hacia Socabaya.

Y así pronto lo fui olvidando ─casi olvidando al menos hasta después de un año─ hasta el día que me encontré en el cementerio con mi compadre Hernán y mi primo el Eliodoro que era el pantionero. Entonces, nos animamos a tomar un par de botellas de pisco allí en la mismísima puerta del cementerio, en una tranquila tarde en que empezaron a pasar las vacas y los burros de la Ccagüila que regresaban a sus corrales arreados por el Ccotutero. Vimos, entonces, en medio de una interesante tertulia, cómo iba cayendo la tarde por el cerro de la Aparecida hasta que inusitadamente se hizo de noche. Pero como estábamos en luna llena, esa noche no fue tan oscura y, además, estábamos picados con el trago lo que nos animó a terminar una tercera botellita de pisco majeño.

Y ahí es cuando volvieron mis más pavorosas pesadillas.

Bueno, los tres amigos, regocijados ya en una agradable e interminable tertulia, acrecentada dulcemente por el efecto del pisco majeño, nos olvidamos del frío y de regresar a casa, cobijándonos junto a una vieja tumba donde decía: “QEPD Saturnino Olivares – 1868”. Efectivamente, nuestro mundo, en ese momento, se redujo sólo a un rincón del cementerio donde acaso ¿el miedo no dejó de existir? Verdaderamente parecía ser así pues cada vez que a uno le daba ganas de orinar simplemente caminábamos unos diez pasos y meábamos debajo del viejo molle, donde habían deformados muñones de ramas taladas que parecían cabezas clavas que trataban de escaparse. Pero ni, aun así, ninguno de nosotros sentíamos miedo.

Todavía recuerdo el momento, mientras hablábamos del suicidio del sacristán de la iglesia de Sachaca, en que me levanté y caminé confiadamente hasta ponerme a orinar apoyado en el árbol.

Entonces me decía, filosofando tontamente e improvisando de paso una dicharachada:

─“Qué satisfactorio es mear contemplando la luna llena mientras la vejiga, cual cantarilla aujeriada, se empieza a vaciar hasta quedar totalmente hueca, para llenarla nuevamente de más trago”. ─Musité mientras sonreía.

Pero, ¡ay mamita!, lo que contemplé en ese mismo instante fue raro y pavoroso. Una mujer, de un vestido blanco de transparentes encajes, muy libidinosa, me estaba catiando desde atrás de un mausoleo.

─¡Veeen! ─me decía, casi susurrando, haciéndome señas con sus largos dedos.

En un principio, creyéndome un donjuán muy atractivo, ─y como la luna llena estaba en el cenit y hacía perecer que era de día, no dándome cuenta que eran como las once de la noche─ me aventuré a caminar hacia ella zigzagueando entre las cruces de las tumbas. Yo iba sonriente a por ella ─como dirían los españoles─ tan hipnotizado, o más bien estupidizado, que traía todavía la bragueta abierta.

Cuando ya estaba a unos dos metros de ella, de pronto sacó sus enormes tetas y me las mostró, soltando una horrible carcajada, lo que me hizo reaccionar, ya que recordé que era la mismísima bruja del burro, esa bruja que se había convertido en chanchita.

─¡Fuera, bruja’e mierda!, ¡fuera! ─me puse a gritar como loco para luego empezar a correr muy deprisa arañándome y clavándome, en mi desesperada fuga, con toda clase de cruces que encontraba en el camino.

No les miento, la borrachera se me pasó, y aunque estaba todo ensangrentado y llorando como un niño seguí corriendo en dirección de la puerta del cementerio.

─¡Tranquilo!, Julito, ¡tranquilo! ─de pronto me detuvieron mis amigos que habían venido a mi auxilio al oír los gritos aterrados que di.

─¡Una bruja! ─les dije. ─¡Una bruja!

─¿Dónde?, ¿dónde? ─me preguntaban.

─¡Allí!, ¡detrás del mausoleo! ─les dije señalando con la mano llena de sangre.

Efectivamente, los tres logramos ver, por menos de un segundo, a una chanchita que corría escabulléndose entre las cruces hasta desaparecer en los ccallaccases de la vieja acequia que riega las chacras de Tío. Corrimos hacia allí aprisa, pero, por más que buscamos, nunca pudimos encontrar nada.

Desde esa vez, ya me da miedo tomar de noche; y, peor aún, ir al cementerio o mirar la luna llena, todo por no haberle hecho caso a mi mamá Lorenza cuando me dijo: “¡Cuidau que vayáis a agarrar a una de esas chanchitas que se aparecen de la nada en la chacra! ¡No la agarrís! porque te va a ojiar y te va a joder hasta volverte loco”.

─“¡Lección aprendida!”, aunque nadie, nunca, jamás, me creyó esta extraña historia que siempre la cuento cuando hablamos de los fantasmas y las brujas de Huaranguillo.

 

 

La silla voladora

 

Cuento basado en las narraciones de los antiguos pobladores de Huaranguillo

 

Esta historia, no tan antigua ni tan reciente, empieza y termina el mismo día que murió don Pascual. Y ¿quién era don Pascual? Ese es el verdadero misterio que inquietaba hasta la histeria a las brujas de esta parte de Arequipa. Entonces presten atención que les voy a contar quién fue este buen hombre que a las brujas les destruyó la vida para siempre, y hasta el día de hoy.

En una tarde trágica, en la que no faltaron lágrimas y congojas, un pacpaco, emisario oficial de la logia, llegó volando muy deprisa para pararse en cada una de las ramas de los guarangos de todas las picanterías de Sachaca, a ulular con voz autoritaria:

─¡Asamblea extraordinaria!, hoy a las doce de la noche en la picantería La Toribia de Arrayanes. Orden del día: ¡ha muerto el Pascual! La que no vaya será multada con una onza de polvo de orín de sapo ccariento, cobrado coactivamente y con apercibimiento por la tesorera. ¡Tengan ustedes muy malas tardes!, me tengo que ir. ─Se oyó, después de despedirse, esta extraña notificación legal que, aunque todos los que tomaban chicha o comían picantes voltearon a ver y oír la voz de este pajarraco con asombro, sólo la picantera entendió.

Efectivamente, siendo las once con cuarentaicinco, hora siempre inexacta para las brujas, que nunca llegaban a la hora pactada sino un cuarto de hora antes, cosa que era considerada una total impuntualidad, las treintaiuna brujas, de pronto, empezaron a llegar estrellándose en el guarango de la picantería de doña Toribia quien aún no había llegado y que con ella se completaban las 31 miembros de esta sociedad de conjuros y hechizos brujeriles.

Peinándose con ccorotillas o con sus larga uñas, una a una las brujas, después de entrar por los ventanales al comedor ─porque hacerlo por la puerta es de mala suerte─, empezaron a tomar asiento en las bancas de la picantería donde, mientras esperaban a la decana, unas a otras se empujaban, se pellizcaban, se jalaban los cabellos y se tiraban pedos a porfía saludándose con sonrisas hipócritas y largando inmoderadas risas ─que ¿acaso no descargaban groseramente haciéndose burla ellas mismas de cualquier cosa sin importancia? Claro que sí. Si hay algo que caracteriza a las brujas, a parte de su descuidada belleza, es pues su mala conducta de niñas malcriadas y, por supuesto, el festejo impertinente de sus malísimos chistes con risas totalmente burlescas, algo similar a las novicias rebeldes de un convento.

Bueno. Pero una pregunta que todas se hacían y que nadie atinaba a responder con certeza, era evidentemente: “Quién diablos era el difunto Pascual”, cosa de lo que todas estaban intrigadas.

─¡Debe ser el cura pendejo de la iglesia! ─dijo groseramente la Patrosiña, una picantera muy buenamoza de Huasacache, a lo que todas largaron indecorosas risas que se oían hasta el río: ─¡Ji, ji, ji, …!, ¡ja, ja, ja, …!

Pero no crean que en la calle se les oía como tal. Los que pasaban caminando frente a la picantería, más bien juraban que era una tropilla de gatas en celo que se estaban peleando.

─¡No, cojudas!, es el chirote del marido de la Toribia que acaba de morir. ─gritó la Jovita.

─¡Ji, ji, ji, …!, ¡ja, ja, ja, …! ─Se mataron de risa todas al unísono.

─¡¡Qué cosa…!! ─gritó de pronto la Toribia, que justo acababa de llegar.

Todas en la picantería, como cuando llega la Madre superiora, corrieron a sentarse y se quedaron calladas en un silencio casi sepulcral.

Nadie musitó ni murmuró palabra alguna.

Pero lo que les causó un asombro indescriptible, fue que la Toribia ─la decana de la logia─ entró por el ventanal, no en su escoba, sino sentada en una vieja silleta de sauce. Y por supuesto que no estaba despeinada ni con el mandil raído ─como lo estaría cualquier otra bruja al aterrizar en su picantería─ porque no se estrelló sino más bien entró levitando encima de la silla como si fuera una nave espacial; y, por si fuera poco, con una pucuna en la mano cual cetro de reina de belleza con el que golpeaba en la cabeza a la que se encontraba en el camino.

Y es que nunca, nadie en toda la historia de las brujas, había visto jamás a alguien volar en una silla. Era una situación extraordinaria que a todas las dejó boquiabierta.

─¡Brujas tontas!, ¡brujas estúpidas!, ¡burras! ─dijo la Toribia con un aire de liderazgo, mientras tiraba la pucuna al suelo y se embrocaba con atronadores sorbos un descomunal vaso de chicha de molle.

─¿Por qué se asombran de verme así? ¡carajo!, deberían poner las uñas y las chascas de sus cabellos mugrientos en remojo. ─dijo mientras golpeaba la mesa con el vaso totalmente seco y se limpiaba la boca con el antebrazo.

Después de ponerse de pie y, jalándole los cabellos a la Jovita ─que había dicho que el difunto era el chirote de su marido─ arrastrándola por la picantería, dijo con una voz de coronel:

─Está en peligro nuestra sociedad de hechiceras y nuestra tradición de picanteras brujas en todo Sachaca y quizás en Arequipa.

─¿Por qué?, ¿por qué?, ¡su maldad doña Toribia! ─gritaron las treintaiuna brujas del aquelarre mientras se ponían de pie y se miraban a las caras.

─¡Acaba de morir el Pascual!, ¡sí…, el Pascual!, y dejen de burlarse carajo, que no saben el tremendo desastre que ahora tenemos que enfrentar. ─dijo muy acongojada la Toribia mientras se volvía a sentar en la silla de sauce y, arañándose la frente se puso a llorar y lamentar al ritmo de una melopea muy antigua y muy triste.

─¡Ay mamita!, ¡ay, mamitay! ¿qué será de mi vida sin el Pascual? ¡Ayayay!, ¡cómo me duele tu partida!, ¡por qué te has ido de nuestro lado!, ¡Ayayay! ─lamentábase la bruja Toribia, la decana por más de cincuenta años, mientras las otras se preguntaban, extrañadas, pero sólo para sus adentros:

─¿Quién diablos era el Pascual?

Nadie se atrevía a preguntar temiendo que ella le jale los cabellos y le diga fuertemente al oído:

─¡Queeé!, ¡vos no sabís! ─porque todos sabían de su mal genio.

Pero mientras ella lloraba y se lamentaba moquiando a chorros, se le acercó con un pañuelo en la mano su amiga la Brígida, su “uña y mugre”, y le preguntó con mucha suavidad después de decirle:

─¡Cálmate!, Toribita, ¡cálmate!

─Dime: ¿Quién es el Pascual?

─¡Queeé!, ¡vos tampoco sabís! ─le empezó a gritar mirándola con los ojos llorosos y desorbitados como el occote del pollo que parecían salirse de sus huecos.

─¡Vos tampoco sabís! ─le repitió.

─¡Óiganlo todas! ─exclamó mirándolas con ira─ ¡El Pascual … es el escobero!, ¡carajo! ¿Entienden?, ¡el escobero!

Todas se quedaron frías, no porque recién supieron que el escobero se llamaba Pascual, sino porque al momento entendieron finalmente el verdadero y grave problema en el que estaban metidas.

─¡Este escobero! ─replicó─, este gramputa escobero es el único escobero que nos proveía las escobas para volar. ¿Y ahora qué vamos a hacer de nuestras vidas? ¿Entienden? ¡Qué vamos a hacer sin él!

─No sé si sea importante ─agregó aun llorando y poniéndose de pie de nuevo─ pero fue atropellado y partido en dos por un tren en Tingo, mientras regresaba a su casa borracho y distraído.

Todas las brujas chascosas y mal vestidas, antes unas burlonas y malcriadas de cuenta, se pusieron más verdes de lo que eran con esta noticia trágica. Unas se sentaron, otras se agarraron las manos, otras se empezaron a mascar las uñas y otras ─las menos─ se comían los mocos de nervios.

Más pronto que tarde la picantería se convirtió en un mercado bullicioso donde todas murmuraban sin descanso.

─¡¡Silencio!!, brujas tontas y estúpidas ─gritó de pronto la Toribia─. El verdadero problema, ahora, es la viuda.

─¿La viuda?, ¿la viuda?, ¿la viuda? … ─se preguntaban todas.

¿Por qué la viuda? Nadie se imaginaba.

─¡Sí!, ¡la viuda! ─dijo consternada la Toribia─. Por culpa de ella estamos a punto de extinguirnos si no hacemos nada para evitarlo.

─¡Evitar qué! ─dijo la Benedicta, dando un paso adelante mientras todas se quedaban calladas mirando fijamente a la decana.

─¿Saben por qué? ─replicó nuevamente la Toribia─ porque como ella no sabe fabricar escobas, va a empezar a vender escobillones de plástico, ¡y esas cojudeces no sirven para nada!

─¡Se dan cuenta! Este es el fin ─dijo sentándose en su silla─ ¡Este es el fin! Y como ustedes son unas inútiles que sólo sirven para mover el culo y reírse como locas, se acabó nuestro reinado. A partir de ahora, gracias también a cada invento moderno de los ccalas, cada una sabrá qué hacer con su vida, porque se acabaron los pendones, ya nadie irá a las picanterías sino sólo buscarán restaurantes; nadie querrá chicha sino gaseosas y cerveza; y, peor aún, en vez de picanteras, sólo habrá chefs, esos desnutridos que ganan plata preparando huevadas para la gente.

─Si ya no se fabricarán escobas de paja ya no podremos salir a volar ni siquiera montadas en los pendones. ─dijo sonándose los mocos con el pañuelo de la Brígida mientras jalaba la silleta de sauce hacia centro de la picantería.

─A mí, ahora, hasta me da vergüenza volar en esta vieja silla porque para mal de mis penas hasta mi perro se ha puesto en mi contra porque me ha hecho tiras mi querida escoba, esa escoba herencia de mi madre, dejándome sin la única máquina voladora que tenía.

Soltando otra vez la que sería la última lágrima, y, bajo la atenta mirada de todas, encendió una vela en la cconcha de la cocina para luego prenderle fuego a su silla voladora, diciendo entonces a voz en cuello:

─¡Renuncio!, ¡carajo! ¡y para siempre!

─¡Entienden!, ¡renuncio! y ya no me jodan más la pita.

Y mientras todas esperaban una solución salomónica al problema, la Toribia alzó la voz diciendo:

─¡Fuera de mi picantería!, ¡tira de locas! ─dijo, mientras agarró una cantarilla de chicha hirviendo y empezó a bañarlas con un jarro, escapándose en el acto, espantadas todas las brujas y en todas las direcciones, mientras ella soltaba sendas carcajadas que se mezclaban con un llanto incontenible.

─¡Fuera de aquí carajo! ─decía mientras todas desaparecían volando en sus escobas por el horizonte de la campiña.

Según cuenta la leyenda, ésta fue la última vez que las brujas de todo el distrito de Sachaca, incluidos los pueblos de Huaranguillo, Tío, Cerro de la Aparecida, Pasos del Señor, Alata, Arrayanes, Huasacache y Tingo Grande se reunieron en un aquelarre; una sociedad de brujas que lamentablemente terminó por culpa de un escobero borracho y distraído, y, por supuesto, por los malditos escobillones “Doña Clorinda”.

 

 

El diario de una bruja

 

Cuento basado en las narraciones de los antiguos pobladores de Sachaca. Los personajes y los detalles son ficticios.

 

El lloque Fermín era, y por muchas generaciones lo fueron sus antecesores, el sacristán de la iglesia de Sachaca, en una época ya pasada allá por 1940. «El perro viejo si ladra, da consejo», decía la gente cuando se referían a él. Y es que en el pueblo todos sabían que cualquier cosa que se quisiera saber de antaño, él era el indicado para que lo cuente: «el viejo sacristán de la iglesia», y hasta con lujo de detalles debido a su brillante memoria que ─valgan verdades─ se hacía más lúcida con una o dos botellas de aguardiente. Y cuando no, más bien se revelaba su archiconocido mal genio que nadie soportaba.

Rufino, el ya retirado acólito de la iglesia, era, en cambio, un joven muy dócil y conversador ─o laccla como decían los antiguos─ y que solía entrar en confianza fácilmente con cualquier persona, entablando rápidamente una buena amistad, por lo que con el lloque Fermín ya se llevaban bien. Para entonces, éste, trabajador de un diario de la ciudad, tenía pues la afición de escribidor con el talento innato de un amanuense, por lo que se dedicaba a recopilar y a escribir sobre todo aquello que consideraba digno de registrarlo para la posteridad en un libro. Y así lo hacía frecuentemente. Esto lo aprendió la vez que leyó el libro Le Tour du Monde del explorador francés Paul Marcoy que escribió sobre Sachaca.

Inspirado en éste y otros libros que leyó Rufino, esta vez se le ocurrió escribir sobre un tema del que todo el mundo hablaba pero que nadie quería explicar: «Las tan mentadas brujas de Sachaca» ─del que también Paul Marcoy habló─, tarea menudamente fácil para él ya que inmediatamente pensó en el sacristán de su pueblo, en el lloque Fermín, toda una biblioteca viviente, para sacarle la información más ajustada a la realidad ─¿o quizás a la ficción? No lo sabemos─. Y es que muchos lo consideraban un reverendo mentiroso y que aquél que fuera sensato no debería creerle nada.

Pero bueno, a Rufino no le quedaba otra que aventurarse o sumergirse en lo desconocido y él mismo comprobar si la información del Fermín “el sacristán” era cierta o no eran más que las fantasías de un mitómano profesional.

Pero aquella noche se sabría la verdad.

Para ello era menester ir a la casa del sacristán después, por supuesto, de la misa de las seis de la tarde, hora en la que el cura Fray Simeón Delgado se enclaustraba en su aposento hasta el día siguiente y el sacristán, después de dejar las primicias y las limosnas en la sacristía y cerrar la iglesia, también hacía lo propio.

─¿Pero dónde vivía este obispillo, ahora centro de nuestra historia? Bueno, la casa del sacristán era, pues, un viejo cuartucho de adobe que quedaba justo detrás de la casa cural, al que, por costumbre, se le conocía como el rincón del monaguillo; desde ya, un lugar de miedo para los niños, pues era lúgubre y oscuro como su único habitante: el lloque Fermín. Ciertamente, era tan misterioso que no se sabía de nadie en todo Sachaca que alguna vez haya entrado allí o conozca su interior; por ello es que todos tenían la idea imaginaria, principalmente los más pequeños, que era como un mausoleo de cementerio o una iglesia en miniatura, es decir, una cripta oscura iluminada escasamente por candelabros y arañas antiguos, un montón de cabitos de vela y cirios gastados por doquier; con roperos sin puerta luciendo viejas sotanas de cura, paredes tiznadas de humo de cera, donde seguramente no faltarían cuadros de ángeles o santos desconocidos, una matraca, sogas, una campana de mano, un incensario roto; y, arrinconada y llena de polvo, la efigie quizás de una virgen descolorida, con su vestido raído, la mano rota y sin cabellera; y tantos otros cachivaches y objetos sacros totalmente inservibles.  

Por ello se puede decir que la imaginación de los pobladores de este cerro era pues, en sumo grado, virtuosa ya que a cualquiera de nosotros nos podía invitar a alucinar otras mil cosas de este misterioso rincón. Por ejemplo, al lado de un espejo roto con una estampita de San Judas Tadeo, aún habría quizás un almanaque de finales de siglo, del tiempo en que llegaron los chilenos a Sachaca, y que de seguro se quedó sin arrancar la hoja de diciembre; así como el cuadro del demonio vencido y pisado por San Miguel; todo ello dando el marco tenebroso a una vieja cama de fierro con perillas de bronce y el catre doblado como una hamaca; evidentemente, signos de votos perpetuos de pobreza o las pruebas de un acumulador compulsivo.

─¡Fermín!, ¡Fermín! ─llamó el joven Rufino a la vieja puerta de madera apolillada golpeando suave y repetidamente con los nudillos de sus dedos, como queriendo que sólo se escuche por detrás del madero.

Pero nadie abrió ni contestó.

─¡Fermín!, soy yo el Rufino. ─volvió a decir.

Y, aunque había una tenue luz amarilla de vela que atravesaba las rajaduras de la vieja puerta, nadie abrió ni contestó.

Rufino optó, entonces, por sentarse en la batiente de la puerta a esperar, abrigándose con su sacón debido al frío que empezaba a hacer, cuando de pronto apareció el lloque Fermín cargando una olleta en la mano derecha y una pequeña cantarilla en la mano izquierda. Era pues de suponerse ─algo que Rufino de seguro olvidó─ que sería la comida que todas las tardes le invitaba su hermana Sabina que tenía una picantería en el callejón de los Huarangos. Por eso él aún no estaba en su cuarto, obviamente.

─¡Joven Rufino! ─le dijo─ ¿me estás esperando hace rato?

─No, Fermín, recién acabo de llegar también.

Fermín, entonces procedió a sacar el llavero de su bolsillo, jalando ─como cuando se tira de un ancla─ una larga cadeneta que estaba enganchada desde su correa hasta el profundo bolsillo de su pantalón. Cuando éste apareció, inmediatamente se distinguió la antiquísima llave de loba que servía para abrir la puerta; una llave de añeja hechura que venía acompañada de, al menos, unas treinta llaves de todos los tamaños y formas, tantas que hacía pensar que alguna de ellas sería del cielo, del purgatorio o quizás del infierno.

─¡Qué tal!, Fermín. Vengo a conversar contigo sobre lo que te dije la vez pasada ─comentó Rufino mientras el lloque Fermín giraba la llave para abrir la puerta.

Era, evidentemente, una cita pactada de hace tiempo entre dos viejos amigos para sostener de seguro una larga e interesante tertulia.

Pero lo que hizo más interesante el encuentro, antes de entrar al cuarto, fue pues que el Rufino, con el artificio de un mago, sacó de una bolsa de papel una botella de Pisco Vargas ─de ésas que cuestan no sólo un ojo de la cara sino las limosnas de la iglesia de todo un mes; un pisco tan valioso que en la tetería de doña Roberta te dan a cuentagotas su contenido cuando uno se toma un té pitiau─.

Se la mostró apenas, como cuando se muestra una libra esterlina, a lo que el lloque Fermín, relamiéndose los labios de ganas, no dudó en dar su aprobación con una sonrisa.

─¡Pasa, amiguito! ─exclamó inmediatamente el emocionado sacristán, abriendo raudamente la puerta de su cuarto, ¿acaso no el relicario más celosamente atesorado y ocultado de Sachaca, aún más que el propio sagrario de la iglesia? ¡Claro que sí!

No bien se cerró la puerta y ya adentro, Rufino se quedó anonadado con el interior de la casa: «Era exactamente tal y como siempre fue descrita por las malas lenguas y el imaginario popular de Sachaca”. Lo único que faltaba y que él pudo conocer in situ era la extraña foto de un cura cuyo retrato estaba encima de un velador con una palmatoria llena de cera, que daba a entender que constantemente allí se ponía una vela al supuesto difunto. Rufino, al respecto, no se atrevió a preguntar porque no lograba entender qué hacía ahí al lado de su cama.

─¡Siéntate!, amigo. ─le dijo sin parar de mirar la bosa de la botella, mientras le desocupaba una silla gualin gualin.

─¡Ah!, éste es un regalo para ti. ─Dijo Rufino, entregándole la bolsa, que fue recibida con emoción por el sacristán como cuando se recibe un diploma o pergamino─ ¡Y tengo otro! ─le dijo─ pero primero cuéntame todo lo que sabes.

─¡A caramba!, así cualquiera se acuerda hasta del día en que uno nació. ─dijo el lloque Fermín riéndose, mientras recibía la botella de Pisco Vargas y la guardaba debajo del catre junto a un viejo bacín desportillado.

─¡Qué quieres saber, amigo! ─preguntó.

Acercándose a él Rufino y, mirándole directamente a los ojos, le dijo: ─¡Háblame todo lo que sepas de las brujas de Sachaca!

El lloque Fermín, quedándose pensativo y serio por un instante, dijo al muchacho, haciéndose el misterioso.

─¡Mira!, hay demasiado que contar, pero antes quiero advertirte algo ─le dijo poniendo su mano ccarienta sobre la mesa─: Esto, que debes guardarlo como en una tumba, sólo tú puedes saber y no lo debes contar a nadie, porque si lo haces te caerá una maldición terrible que nunca se borrará. ¡Mira mi mano! ─le siguió diciendo─, esta ccara me salió por haber roto la promesa y contarle a alguien, hace muchos años, el secreto que sabía de las brujas. No puedes combatir contra ellas ─le dijo─, ¡son muy poderosas!, sabes ¿por qué?

─¿Por qué? ─le preguntó Rufino.

─Porque están protegidas por el mismo diablo ─le respondió─ ¡A mí! ─hablándole con un aire de resignación y confianza─ ya no me puede pasar nada porque ya fui castigado. ¡Pero tú! ─señalándole con el dedo índice los ojos─ tú eres una presa fácil para esta maldición.

Un tremendo escalofrío atravesó repentinamente su cuerpo desde su cabeza hasta los pies.

─¡Quieres escuchar todavía la historia de las brujas de Sachaca! ─le preguntó Fermín.

─Supongo que sí ─le respondió Rufino, un poco inseguro y asustado─. ¡Además yo no le tengo miedo a las brujas porque estoy con Dios! ─le dijo nerviosamente.

─Eso es lo que tú crees, pero ten cuidado, muchacho, si no mira mis manos, esto no es un juego ─dijo Fermín con mucha seriedad.

Rufino, después de pensar silenciosamente por unos minutos, mientras lo miraba fijamente y recordaba que la gente decía: «El lloque Fermín es un mentiroso», tomo la resolución de correr el riesgo y empezar a escuchar sus historias, verdaderas o ciertas.

¡Acepto! ─le dijo.

Entonces empezó el relato más interesante que alguien jamás haya escuchado.

─El siglo pasado ─dijo Fermín─ mi papá era entonces el sacristán de la iglesia. Dice que un día vino una bruja a confesarse con el cura. Lo que no sabía la bruja era que este curita conocía muy bien las artes del exorcismo por lo que sabía reconocer a los demonios con facilidad. Entonces, después de escucharla atentamente, se acercó a la ventanilla del confesionario y le dijo en latín: «Iam te inveni, venefica, malum» que quiere decir: ¡Ya te descubrí, bruja malvada! Inmediatamente la bruja saltó para atrás y se fue volando como murciélago, chocándose con las paredes, tirándose pedos con olor a azufre y maldiciendo con gritos soeces, mientras el curita se reía viéndola alejarse.

Lo más interesante ─agregó el lloque Fermín─ es que en su huida dejó en el suelo su cartera. Sí, un viejo y feo carterón negro que parecía el de una viuda.

─¡¿Un carterón?! ─exclamó Rufino.

─¡Sí! ─respondió Fermín.

─¿Y qué había ahí? ─volvió a preguntar.

─¡Espérate! ─le dijo, mientras le ponía la mano en el brazo.

─Pasada ya esta situación, fray Carmelo, sin darle mayor importancia, se llevó la cartera y la guardó en el ropero de la sacristía. ¡No!, ¡miento!, la tiró encima de un armario y se olvidó de ella por un largo tiempo.

─Fue entonces que mi padre, ─continuo con el relato─ un día, haciendo limpieza en la sacristía, la encontró, y la abrió, y descubrió allí varias cosas de mujer; pero le llamó la atención, sobremanera, una cruz invertida, una estampa del demonio con el Padre Nuestro al revés, y por supuesto, el tesoro más preciado: “El diario de la bruja”. Sí, el diario de la bruja. Un cuaderno escrito con tinta que parecía de sangre, donde contaba muchos secretos de las brujas, no sólo de Sachaca, sino de Tío, Huaranguillo, Huasacache, etc.

─¡Y qué hizo tu papá!, ─preguntó intrigado Rufino.

─Le dio la cartera con el crucifijo y la estampa a Fray Carmelo, y éste los quemó inmediatamente, pero el diario él se lo guardó, y con éste también la maldición de las brujas.

─¡¿Cuál maldición?! ─preguntó Rufino con gran interés.

─¡Una terrible maldición! ─respondió.

─¿Y cómo sabía tu papá que había una maldición en el cuaderno? ─preguntó de nuevo Rufino.

─¡Porque la bruja maldita vino varias veces a gritarle a fray Carmelo que le devolviese la cartera diciéndole que si no lo hacía le iba a caer una terrible maldición! ─aclaró irritado el lloque Fermín─ Pero él nunca le hizo caso y, más bien, la bañó con agua bendita haciéndole que se le queme la espalda, por lo que ya nunca más regresó la bruja a molestar.

Mientras dijo esto, caminó hacia un baúl y sacó con la mano ccarienta el misterioso diario.

─¡Mira!, aquí está el maldito diario, para que me creas. ─le dijo Fermín, sentándose en la cama, mientras le alcanzaba el cuaderno.

Rufino lo agarró con asombro en sus manos y fogueó las páginas una a una con detenimiento.

─¡Oye Fermín!, esto es fantástico. ─dijo Rufino─ ¡Mira!, recetas, conjuros, dibujos raros, es una enciclopedia, o una biblia de brujas.

─Si te das cuenta, en la primera página está escrito el por qué las brujas de Sachaca y Huaranguillo son hermosas, y no feas, viejas y grotescas como las brujas de otras partes del mundo. ─dijo Fermín incitando aún más la curiosidad de Rufino, quien inmediatamente se dispuso a leer.

─«El antiguo oficio de ser bruja en Sachaca tiene una efeméride inolvidable. ─empezó a leer emocionadamente Rufino─ Sucede que nuestras abuelas brujas antiguamente carecían de belleza y encanto y, peor aún, no sabían volar. El único don que tenían era hacer conjuros, preparar brebajes mezclando orines de sapo con chicha en una chomba, convertirse en chanchos o gatos; y convertir a la gente en sapos o sirrios. Y para poder llenarse de energía y seguir haciendo sus hechizos y maldades, debían salir en las noches de plenilunio a calentarse con la luz de la luna llena y peinarse en el espejo de las aguas estancadas de los manantiales, donde también la luna se reflejaba, para tener un pelo hermoso y sin canas ni arrugas. Pero aún así jamás lograron conocer el secreto de la eterna belleza.

─Pero esto cambió con la abuela Filomena ─prosiguió Rufino con el, cada vez más, interesante relato─ Un día, ella conoció a una de las sirenas que encantaban a los hombres tocando la lira y cantando yaravíes en el río Chili, principalmente sobre las piedras, en los sauces y debajo de los puentes. Y se hicieron muy amigas, por lo que solían ponerse a conversar largamente de noche durante el tiempo que duraba la luz de la luna. Pero un buen día, del cual todas tenemos una feliz recordación, ambas hablarían de negocios haciendo tratos y contratos. ¿Qué sucedió? La sirena propuso una tentadora solución para ambas situaciones de vieja y larga data: “Utilizando tus conjuros ─le dijo la sirena a la abuela Filomena─, libéranos del agua quitándonos la cola de pez, y nosotras a cambio les daremos belleza, y hasta podemos trabajar juntas en la picantería”. Ustedes nos enseñarán a cocinar y a hacer chicha, y nosotras les enseñaremos a utilizar el batán para hipnotizar y encantar a los hombres; y lo mejor de todo, les enseñaremos a volar como pájaros en nuestras colas de pez, sólo si ustedes las convierten en escobas…»

¡Esto es asombroso! ─dijo Rufino levantándose del asiento y poniéndose a caminar─. ¡Por eso es que las brujas cuando hacen el llatan en el batán los cautivan a los hombres volviéndolos locos con sus movimientos salerosos y también con el degustar del rocoto y el ají que los hacen comer volviéndolos colorados! ─sonrió por un momento Rufino─. Ahora sí entiendo, Fermín, por qué no hay picanteras brujas que sean feas. Todas son hermosas, ccarosas y flacas con cuerpo de sirena, diría yo, de lindos ojos y mirada coqueta. Por eso es que a los lonccos les encanta estar todo el santo día en la picantería contemplando a las hijas de las picanteras, que son las más hechiceras. Y también ahora entiendo por qué muchas de ellas saben cantar yaravíes con una dulce voz que enamora a cualquier parroquiano y lo vuelven sonso.

─Y lo más interesante ─agregó─ es que también entiendo ahora por qué las escobas son como las aletas de las sirenas que en vez de nadar a velocidad por el agua, éstas, en forma de escoba, las hacen volar por el cielo como cohetes.

─Así ─continuó leyendo Rufino─ nuestras ancestras, las sirenas y las brujas, se mezclaron; y desde entonces todas las brujas de Sachaca son hermosas, encantan a los hombres y saben volar en escobas.

Pero hay un único problemadijo el lloque Fermín quitándole el diario a Rufino─ el encanto de ellas se rompe si una bruja se moja con agua; o sea, que si se les echa agua a las brujas se volverán feas y no podrán volar. Por eso es que ellas no se bañan ni juegan carnavales con agua, sólo aceptan jugar con polvos, y de noche.

─¡Pero déjame leer un poco más!─ le rogó Rufino al sacristán, pidiéndole el cuaderno.

─¡No, ya está bueno por hoy, muchacho! ─acotó cerrando el diario.

─¿Por qué, amigo? ─dijo sorprendido Rufino.

─Porque en las siguientes páginas viene la maldición y eso no debes leer. ─dijo el lloque Fermín, mientras metía el diario nuevamente en el baúl.

Queriéndolo convencer de alguna otra manera al sacristán, Rufino sacó la segunda botella de Pisco Vargas y alcanzándosela le dijo: ─¡Toma! y te puedo dar dos más si me dejas seguir leyendo el diario.

Fermín entonces se levantó, caminó hacia la pequeña ventanita del cuarto y se quedó por un momento pensativo, luego de lo cual, se acercó al velador, cogió el retrato del cura y le dijo:

─No puedes leer más, porque después vienen las letanías del demonio que dan cumplimiento a la maldición ─lo dijo todo compungido─. Una maldición que no tiene retorno. ¡Jamás!, ¡nunca!, nadie ha vuelto a ser normal después de la maldición.

─¡Estarías jugando con fuego!, y no cualquier fuego: «el fuego del diablo» ─aclaró él lloque Fermín.

─¡No te entiendo Fermín! ─vociferó el muchacho.

─¡Por culpa de esa terrible maldición!, ─le dijo el lloque Fermín, enseñándole el retrato del cura─ por culpa de esa maldición desapareció fray Carmelo. ¡Sí! ─levantó la voz horrorizada─ Un día, en que se incendió de la nada el confesionario de la iglesia, desapareció fray Carmelo. Unos dicen que se fue a España, otros que lo cambiaron de parroquia, pero lo cierto es que, según me contó mi papá, la bruja lo convirtió en sapo y lo tiró a la acequia, desapareciendo para siempre arrastrado por su caudal.

─¿Y por qué te entristeces tanto Fermín? ─dijo Rufino mientras le palmeaba en el hombro. A lo que Fermín confesó:

─Porque fray Carmelo, el cura del retrato, era mi abuelo, ¡sí! el cura era mi abuelo; y la bruja que lo convirtió en sapo era mi abuela, una picantera de la calle de los Guarangos. Ambos tuvieron un hijo, que era mi papá. ¿Y sabes por qué lo convirtió en sapo? Mi abuela lo convirtió en sapo a mi abuelo porque lo encontró con la Barbarita besándose en el campanario. Tanta fue su cólera que le echó la maldición y lo desapareció. Por eso es que cada noche aún se puede escuchar a mi abuelo, y a muchas otras víctimas de las brujas picanteras, croando en las acequias de Sachaca.

─Rufino, ─agregó Fermín─ todo esto que te he contado no lo puedes contar a nadie más, porque si lo haces, el castigo es éste ─le dijo enseñándole las manos─: Te empezará a salir ccara en todas partes de tu cuerpo igual que a mí.

─¡Ya entiendo! ─le dijo Rufino quedándose ambos con la cabeza gacha y en un silencio sepulcral que nadie se atrevía a interrumpir.

Y así, «la tertulia que jamás se podrá contar», terminó repentinamente y para siempre. Rufino, después de ponerse de pie, palmearle el hombro a su amigo Fermín que sollozaba sentado en la cama, y decirle: ─No te preocupes, así será─ se despidió con una seña y decidió retirarse, abriendo y cerrando la puerta sin hacer ruido.

Rufino, entonces, tomó el rumbo de la calle de los Guarangos y se alejó perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Y así el secreto del «diario de una bruja» quedó a buen recaudo por lo menos una generación más.

 

 

 

 

 

 

 

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