1. El coloquio de las brujas

(Cuento de brujas basado en las narraciones de antiguos pobladores de Huaranguillo. Nombres ficticios)

Nací y viví en Huaranguillo toda mi infancia y adolescencia hasta creo que los 18 años. Cuántos recuerdos entonces invaden mi mente al retroceder en el tiempo, un tiempo que a veces me da escalofríos.

Huaranguillo en Arequipa es conocida pues, al igual que Huancarqui o Huayrondo o Huacucharra y todos los huas, como “La tierra de las brujas”. Y es que son lares misteriosos donde, al abundar el guarango por doquier, se hacía propicia la existencia de picanterías y brujas. Y aquí nací y así lo amaba yo, aunque era rara su pequeñez. Lo digo porque éste era antaño un pueblito de rústicas casas de tijerales, tortiados con barro o calicanto, que se disponían como pintorescas covachas a lo largo de una fangosa e interminable calle, sombreadas todas por nervudos huarangos que en verano verdeaban frondosos y en invierno se tornaban esqueléticos y espinosos. De día, este antiguo pago de Sachaca no daba miedo porque hordas de ccoritos bullangueros correteaban por todo lado jugando y riendo; unos con sus carretas de manilla y otros, con sogas, latas y palos jugando al pasorrey, a la pesca-pesca, a la esconde-esconde, a la bata, etc., alegrando primorosamente los atardeceres de esta parte de Arequipa. Pero, ay tatito cuando caía la penumbra de la noche, a la que mi abuela llamaba la hora nona, todo cambiaba. Efectivamente, cuando esto sucedía, no había una sola alma en la calle, que a las justas tenía cinco corcovados postes de luz a lo largo de un kilómetro, y todavía con bombillas de 25 bujías que, en vez de alumbrar, más bien hacían que la oscuridad sea más lúgubre y aterradora que el telón de un velatorio.

Pero bueno, mi casa quedaba junto a la que todos llamaban la picantería “La Encantada” de doña Fermina Gonzales “la comadrona”, una señora ccarosa y colorada que tenía la fama, más que de hacer buenos y riquísimos picantes, la de ser bruja y tener cuatro hermosas hijas que eran, sin duda, la atracción de la picantería. Se habló tanto de ellas cuando yo estaba en la plena flor de mi juventud, que ya me conocía la historia, tanto así que decían que, al igual que la Medusa, si te le quedabas mirando a una de ellas tite y enamorado como un carnero, con una sola mirada inmediatamente ellas te ojiaban como decía mi mamá; es decir te embrujaban y te volvían sonso, pues las cuatro tenían esas coquetas miradas, que se hacían más hechiceras debido a las abundantes pecas de sus mejillas y esos minúsculos lunares que todas ellas tenían debajo de sus hermosos ojos color verde pacae que a muchos dejaban totalmente prendados. Y como yo, todo un adolescente rebelde y romántico, era uno de esos tontos, me había enamorado irremediablemente de la última de ellas: la Bedsaida.

Y aquí es cuando me acuerdo de la historia que les voy a contar para que no quede la duda de que ellas verdaderamente eran unas brujas hechiceras y malvadas como su madre que se divertían convirtiendo en zombis a todos los jóvenes de Huaranguillo que se enamoraban de ellas, incluido yo.

Bueno, ¿y qué sucedió entonces?

De vez en cuando yo solía pues despertar a la media noche, no porque sufría insomnio, sino que era ya cotidiano el escuchar en los techos de las casas, principalmente en el de la picantería “La Encantada”, unos gritos como de niñas jugando, riéndose y gritando como hienas. Y siempre que yo le preguntaba a mi mamá qué eran esos gritos, ella me decía que eran las gatas en celo que cuando estaban de luna siempre salían a maullar en los techos.

Aunque esta explicación siempre me convencía, no sé por qué razón me quedaba aún la duda de que quizás no era totalmente cierto, ya que muchas de las veces yo juraba escuchar frases y palabras que eran como las de una conversación o chismorreo de comadres, tales como: “¡ay sí!”, “¡queee…é“¡callaaate!”, “¡cuéntame!”, etc.; y siempre acompañadas de muchas risas: “¡ji, ji, ji, …!”.

Cierto día, que yo elegí, porque coincidentemente estos hechos rarísimos siempre sucedían en luna llena, decidí acabar de una vez por todas con este eterno misterio. Entonces hablé con mis primos: el Perico y el Sabino, dos ccoros muy valientes, hijos de mi tío Valeriano “el viudo”, para que me acompañen en el cometido de descubrir este enigma.

El plan que elaboramos entonces era muy preciso. Nos encontraríamos a las doce de la noche en la vieja chalera que quedaba junto a la picantería en cuyo patio se levantaba, como un anciano corcovado, un tremendo y membrudo guarango. Según se contaba, éste era el aeropuerto donde disque aterrizaban la bruja de doña Fermina y sus hijas cada vez que salían a volar en sus escobas. Aunque yo no creía en esos cuentos de abuelitas, sin embargo, ya siendo muy de noche, al mirar en las ramas espinosas del guarango algunos cabellos y pajas de escoba, la cosa cambiaba totalmente, y mi mente empezaba a divagar y a alucinar toda clase de brujas volando por los cielos de Huaranguillo.

Bueno, siendo ya las doce y media de la noche, o más bien de la madrugada, llegaron mis primos trayendo la vieja escalera de mi tío Valeriano. Habían llegado tarde porque tenían que esperar a que mi tío se vaya a regar la chacra. Mientras tanto yo, alumbrado por la luna llena y con unos escalofríos que me hacían tiritar como perro, tuve que sentirme obligado a escuchar, por un largo rato y muy de cerca, nuevamente las voces, risas y alaridos de los gatos techeros de la picantería. Ahora sí que no tenía ya ninguna duda que, efectivamente, estas eran voces de mujeres que conversaban en un coloquio brujeril.

─Primo, ¡ya estamos acá!, mi papá Valeriano recién se ha ido a regar la chacra porque la mita le toca a las doce y media ─dijo el Perico, mientras miraba lo alto que estaba el techo de la picantería.

─ ¿Crees que la escalera llegue hasta el techo? ─preguntó el Sabino mientras la ponía en el suelo.

─Yo creo que sí ─dije yo, mientras me encorvaba temblando de frío abrazándome con mis propios brazos.

─ ¡Escuchen!─ dije, cuando de pronto nuevamente los gatos empezaron a maullar y a vociferar como si fueran señoritas cuchucheando en un juego de canasta.

─¡Levantemos la escalera con cuidado y sin hacer bulla! ─dije presurosamente a lo que mis primos se pusieron manos a la obra, ayudándome con premura, mientras una pequeña nube ocultó por un instante la inmensa luna llena que parecía que nos estaba viendo con curiosidad lo que estábamos tramando y haciendo.

Cuando ya estaba la escalera apoyada en la pared, muy cerca de la ventana del dormitorio de doña Fermina, por un instante se inició una inesperada discusión que más bien era una disputa por elegir quién sería el primero en subir al techo a mirar. No faltaron entonces unos empujones, susurros y aspavientos que de seguro pudieron haber despertado a doña Fermina. Lo cierto es que los gatos se callaron por un instante, cosa que nos alertó para dejar de pelear y hacer bulla.

Pero luego de guardar también silencio junto con los gatos para no despertar sospechas, continuó el coloquio felino, lo que me dio la oportunidad de retomar el liderazgo de la operación y entonces dije a mis primos:

─¡Calma!, los tres vamos a subir uno por uno; además tenemos toda la noche. Ustedes solamente agarren fuerte la escalera, yo subo primero y bajo rápidamente para que ustedes también suban. ─

Y así comenzó el ascenso, como si estuviera escalando una cumbre nevada; y tuve que hacerlo muy pero muy despacio, pisando con bastante cuidado, sin hacer ruido, cada uno de los peldaños que me parecían cada vez más fríos a medida que subía más alto. Hasta que llegué.

De pronto, mis ojos, estos mis ojos negros que se comerán los gusanos ─como decía mi abuela─ no podían creer lo que estaban mirando.

Por Dios que yo esperaba ver una manadilla de gatos techeros apareándose, pero no fue así.

No lo podía creer. En la media agua del tijeral de la picantería torteado con calicanto había, cual sirenas de playa, cuatro mujeres totalmente desnudas que parecían estar calentándose con los rayos del sol. Pero no tardé en entender que con lo que más bien se estaban calentando era con los rayos plateados de la luna. Conversaban, se reían y abanicaban su cara con unas plumas de gallinazo.

Pero aún más sorpresa me causó el ver que eran las hijas de doña Fermina ─de la bruja Fermina─, y allí estaba Bedsaida, la chica de mis sueños, como una Eva en el Jardín del Edén, ¡tan hermosa! y ¡tan ccalata! Y cómo no pensar que yo era su Adán, y me quedé totalmente embelesado y no me quería mover de allí, creo que para toda la vida, lo que ya empezaron a notar mis primos que me movían cada rato la escalera.

Realmente era un sueño fantástico hecho realidad. Pero cuando ya empecé a sentir que me estaba volviendo un zombi, de pronto un paccpaco negro ─como así los arequipeños de antes les llamaban a las lechuzas─ apareció volando raudamente y se posó sobre la horqueta de una gran rama y se puso a ulular con prisa. Ciertamente, había olvidado que las brujas siempre utilizaban un paccpaco para que vigile que no venga nadie y las descubra, pero por alguna razón este pájaro malagüero se demoró en venir.

Sin duda este fue el fin de mi delirio, ya que todo cambió repentinamente después que el pájaro llegó para ulular. Las cuatro brujas voltearon a mirar en dirección a donde yo estaba, y de pronto pude ver cómo se convertían en gatos, y empezaron a correr en todas direcciones.

─¡Jacintooo! ─musitaron mis primos─ ¿Qué está pasando?, ¿por qué te demoras tanto?

Fue cuando, de pronto me cayó, no sé de dónde, un mango de orines en la cabeza y la espalda.

─¡¿Qué haces ahí carajo?! ─oí una voz aterradora que no sabía de dónde venía. Y al empezar a descender rápidamente por la escalera ─en la que ya no estaban mis primos pues salieron corriendo espantados por el grito furibundo, pude ver a doña Fermina con un bacín en la mano en la ventana de su cuarto refunfuñando y diciéndome:

─¡Ya te vi sapo!, ¡espérate nomás que salga!, ¡te voy a romper la escoba en la cabeza!, ¡granuuuja!

Aunque los orines me habían empapado totalmente la ropa y apestaba con un hedor a ruda podrida, tuve que agarrar la escalera, que pesaba como un ataúd de muerto, y empezar a caminar presurosamente, como pude, en dirección a calle para volver prontamente a mi casa, aunque con el rabo entre las patas pero con una sonrisa de oreja a oreja en mi cara de huaranguillo zombi.

 

 2. Los sapos con corbata

(Cuento de brujas basado en las narraciones de antiguos pobladores de Tío Chico. Nombres ficticios)

Te doy un consejo antes de empezar este relato: Nunca te atrevas a enfrentarte a una bruja si no la conoces bien; y es que “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, reza el antiguo adagio.

Mi abuelo Francisco solía decir: “¡Si querís combatir a una bruja, ¡carajo!, por más chúcara y malvada que seya, sólo ponele una aguja de arriero en el culo y así vos vais a ver como si-apagan todas sus malicias”. Y ciertamente funcionaba, y de eso mi abuelo se regodeaba y hasta hacía apuestas que siempre solía ganar y cobrar cuando tenía ganas de tomarse una botella de vino en la picantería sin pagar un solo real. Sólo los mamertos se dejan pintar con ccara o se hacen agarrar dinde de la tierra o hechizar con las brujas; a mí eso jamás ¡carajo! profería con orgullo cada vez que terminaba de beber toda la botella de vino.

Una vez, sentado yo en las faldas de mi abuela Clarita, pude escuchar con mucha atención y asombro una historia que mi abuelo le contó y que él juraba que nadie en Huaranguillo, ni siquiera en Sachaca, la sabía.

Mirá viejita linda le dijo mientras se tomaba con atronadores sorbos un vaso de chicha, ¿vos sabís por qué el pueblo que hay entre Huaranguillo y Tío Chico se llama Alto de Amados, shiáy nadies apellida Amado?

¡Yo que voy a saber pue! le respondía mi abuela.

Te voy a contar por eso pue la historia, viejita linda, para que vos la sepáis, y para que nunca vos la olvidís: que es por culpa de las brujas de Huaranguillo.

¡A carajo!, ¡de qué estáis hablando, viejo bocainicho! dijo mi abuela.

Y yo, que aún era un ccorito de ocho años que me comía los mocos, no tuve reparo en acomodarme bien y mantenerme despierto ante tan emocionante historia que iba a contar; entonces, lleno de mucha curiosidad, presté toda la noche atención a la tertulia, hasta que, supongo me dormí.

Bueno, mi abuelo entonces empezó a laccliar, como decían los antiguos:

¡Escucha pue viejita! dijo sin remilgos aontes el límite entre Tío Chico y Huaranguillo era una acequia que pasaba justo por la quebrada por donde se bajaba a Tío, donde aurita viven pue los Calderones decía. Allí justito habían tres casas de tres hermanos: la del lau lloqque de Huaranguillo que era de don Juan Amado; y las dos que estaban para el otro lau de la acequia, ande ya es Tío Chico, eran pue de don Pedro y don Santos Amado. Mi tata Nicanor los ha conociu cuando trabajaban pue en el ferrocarril. Tres hermanos Amado bien chambiadores y bien unidos por siancaso que les gustaba ir de picantería en picantería, cada vez que iba cayendo el sol, para comer picantes y tomar chicha después de cada jornada en la chacra. Eran pue bien gustachos y dicharacheros. Pero justamente los tieños ya tenían el uso y la costumbre de decir que cuando queríyan ir a la parte de arriba donde está Huaranguillo, se sabíya que se teníya que ir por el camino que pasa por el alto donde vivían los Amados, oseya el Alto de los Amados. Y así, viejita lida, este lugar se quedó con ese nombre para siempre: “El alto de los Amados”, que ahora es pue sólo Alto de Amados.

¿Y de dónde vos sabís eso, viejo mentiroso? preguntó sorprendida mi abuela Clarita.

¡Cómo va a ser mentira!, vieja cojuda, eso mismito me lo ha contau mi tata Nicanor, porque él los ha conociu. ─replicó mi abuelo.

¡A ver!, seguí contando pue entonces. ─dijo mi abuela mientras sonreía con malicia dirigiendo su mirada hacia mí.

Realmente, ella lo hacía por molestarlo pues sabía que todo era cierto, porque ya lo había escuchado antes de su mamá. Bueno, pero la intriga para mí se hacía cada vez más y más torturante cuando los dos se ponían a discutir.

Entonces mi abuelo dijo:

Vos sabís que las picanteras de Tío también son brujas, pero no tan perversas y malvadas como las de Huaranguillo ─lo dijo mirándola a los ojos─. Estos tres Amados: El Juan, el Pedro y el Santos, sabíyan un secreto que les permitía dominar a las brujas.

─¡Cuál secreto pue! ─dijo mi abuela Clarita.

─¡El secreto de la aguja de arriero en el culo pue, mujer! ─aclaró con gran resolución.

Shiempre que iban a comer picantes y a tomar chicha a la picantería, llevaban una aguja de arriero en el sombrero para protegerse del daño de las brujas. Entonces shiesque veniya la picantera bruja a sentarse a la mesa para tomar chicha, lo primero que hacían era poner la aguja de arriero debajo de la banca. Y, ¡ay tatito!, vieras cómo la bruja no se podíya mover y se terminaba meyando como coneja hasta quedarse dormida. ¡Ja, ja, ja, …! ─soltaba una tremenda carcajada mi abuelo enseñando sus dientes amarillos─ Y si solamente manteníyan la aguja en el sombrero, simplemente no les pasaba nada. De esta manera, ellos se recorríyan tuitas las picanterías de la Chimba jodiendo y jodiendo a las brujas despistadas, haciéndolas meyar y meyar, para la risa de ellos, disfrutando de los picantes hasta el anochecer en que se tomaban de gusto unos cuantos “prende y apaga”.

─¡Y qué tienen que ver las picanteras brujas de Tío con Alto de Amados, ¡viejo faramalla! ─preguntó mi abuela Clarita queriendo ya saber el porqué de su historia tan enredosa.

─¡Ay mamita!, es que los tres hermanos Amado, no sabíyan que las brujas de Huaranguillo conocían ya el secreto de la aguja de arriero. ─aclaró.

 Verdaderamente, esto se ponía interesante. Mientras la vela todavía ardía y alumbraba tenuemente el cuarto, la historia pareció entrar en el desenlace.

Entonces mi abuelo agregó:

─La Eulalia, la Hermelinda, la Juana y la Benavente, las cuatro picanterías más concurridas de Huaranguillo, estaban ya alertadas de las andanzas siniestras de los hermanos Amado, y en el convivio del aquelarre de Huayrondo juraron que se iban a vengar, porque a su prima la Simona de Tío Chico la habían hecho mearse y cagarse en el calzón.

Efectivamente, nunca nadie jamás había humillado tanto a las brujas como lo hicieron los hermanos Amado. Entonces, se acercaba el día de Todos Santos y, también con esta fiesta, el día de las brujas y el día de la venganza. Y ¿por qué precisamente este día? Porque en esta fecha todos los de esta parte de Arequipa, iban a llevar flores y a poner velas a los muertos del cementerio de Sachaca, y allí se juntaban también las picanteras, en quioscos de cotencio, a vender chicha y picantes. Y allí tenían que atraparlos.

Un detalle muy interesante que hay que agregar, es que las brujas en el convivio de Huayrondo también idearon un sortilegio para anular el efecto de las agujas de arriero. ¿Cuál era? Utilizar el ritmo del batán como hipnotizador. Y así lo hicieron. Desde entonces, para quitarle la energía a la aguja de arriero, se tenía que moler el ají o el llatan en el batán con el ritmo y salero de una mujer virgen. Entonces todos pensaron en la hija de doña Demetria, la picantera de Tío Chico, que además de ser bruja igual que su madre, también era la mujer más hermosa que se ha visto alguna vez en la Chimba baja.

Pero, ciertamente, eso no iba a ser suficiente para darles su merecido a los Amados, tenían que recibir un castigo.

─¡Hay que pintarlos con ccara negra, o mejor blanca! ─dijeron las huaranguillas en el Aquelarre, mientras se mascaban las largas uñas matándose de risa.

─¡No!, ¡mejor hay que hacerlos mear por atrás! ─gritó la Nicolasa de Sachaca, y la algazara fue total.

─¡Y qué tal si les hacemos crecer una cola de cerdo en el culo para que nunca se olviden de lo que han hecho! ─profirió graciosamente la Ventura.

─¡Borricas!, ¡asnas!, ¡cállense! ¡¿Qué no saben que nosotras las brujas nos especializamos en convertir en sapos a todos los taimados que osan desafiarnos?! ¿Qué, es que nunca se han preguntado por qué hay tantos sapos en las chombas secretas de la picantería, donde hacemos el polvo para la ccara? ─Habló con autoridad doña Barbarita la decana del aquelarre─. ¡Este 31 de octubre! día de nuestras madres los tres Amados quedarán convertidos en sirrios para siempre! ─Y se desató la algarabía y los gritos, después de lo cual las 13 brujas del cónclave salieron volando con sus escobas de regreso a sus huarangos.

─¡Ay qué miedo!, ─dijo mi abuela después de lo cual mi abuelo Francisco se tomó una copa de anisado seguida de un vaso de chicha, y entonces dijo:

─¡Se jodieron los Amados! ¡Se jodieron! Efectivamente, ¡viejita! ─le dijo a mi abuela─ el día 31 por la noche, en vísperas de Todos Santos, los tres Amados fueron a tomar chicha y a comer unos picantes en el quiosco de la Demetria la bruja de Tío, ¿por qué?, porque allí estaba la buena moza de la Marujita, la más bella ccarosa que jamás se haya visto por estos lares, y que ese día, con su sonrisa seductora y sus hermosos ojos plantados en los tres Amados que lucían bien pijes con su estrafalaria corbata, molía con salero y coquetería un rico llatan de chinchuchos, ¿acaso no los más amargos y picantes? ¡Claro que sí!

Ese día pues, mientras disfrutaban de un exquisito llatan occote y mote, la Demetria hizo el maligno conjuro, princhando sus largas uñas en dirección de estos caballeritos y diciendo:

─¡Qquencha a la burra!, ¡qquencha a la burra!, ¡quiero que ahuirita ocurra!, ¡abuela, escucha mis delirios!, ¡porque quiero que estos tres sátiros se conviertan para siempre en sirrios!

─Esa fue la última vez que se les vio. ─dijo mi abuelo mientras se acomodaba el poncho─ Tú creerás que se los comió la tierra. ¡No viejita! A los tres sirrios o sapos con corbata, tres brujas se los llevaron en sus escobas y los botaron, a cada uno, en el mataral o manantial de su pueblo. Por eso hasta ahora hay muchos cuentos de gente que ha visto sapos con corbata en Tío, Sachaca y Huaranguillo. Por esta razón, también, viejita linda, hoy en día muchos se preguntan, y no sin razón, por qué este pueblito, que está entre Tío y Huaranguillo, se llama Alto de Amados si ahí nadie apellida Amado. Justamente por la culpa de las brujas de Huaranguillo.

─Ahora que vos lo sabís, ─dijo finalmente mi abuelo haciéndose el misterioso─ no vayáis a estar contando a nadies, porque hasta ahurita hay brujas en este lau lloqque de Arequipa, o seya Sachaca, y que no son sino las nietas y tataranietas de las picanteras di’aontes, las verdaderas brujas hechiceras.

 

3. El día que las brujas llegaron a la luna

(Cuento basado en las narraciones de mi abuela Hermelinda Begazo Valdivia de Huaranguillo. Nombres ficticios)

Un novicio en el tema de las brujas, antes de tirar lengua, debe conocer las señas que nos indican la existencia de éstas en un lugar. Por ejemplo, un distintivo principal era el árbol del guarango, porque éstos eran utilizados por las brujas para aterrizar cada vez que regresaban volando en sus escobas a altas horas de la noche. Y es que el único oficio que jamás pudieron aprender bien fue el de pilotear sus escobas para aterrizar, porque cuando se suspendía la ignición del escobajo volador, lo único que les quedaba era planear como gallinazos hasta llegar a su guarango donde se estrellaban estrepitosamente enredándose en sus horquetas y espinas. De esta manera, podían poner fin a su vuelo y regresar a casa.

Otro distintivo era que, a las brujas, cada vez que había luna llena, les gustaba ir a calentarse, si es que era imperativo, en el techo de su picantería; y en el mejor de los casos y más frecuentemente, en los arenales blancos de los cerros cercanos. ¿Y con qué se calentaban si casi siempre eran noches de frío intenso y el sol recién regresaría con el después del canto del gallo? Obviamente, con los fulgurantes y plateados rayos de la luna llena, que les proveía la suficiente energía siniestra para realizar sus más malvadas hechicerías. Entonces cuántas veces éstas, reunidas en pandillas, solían marcar su territorio contra las brujas de otras comarcas, plantando los pendones de su picantería, todos mugrosos y raídos, en el centro del arenal que conquistaban, que antaño en la Chimba baja, tenían forma de inmensas dunas, principalmente en los cerros de Tío, Huacucharra, Pasos del Señor, La Aparecida o la vieja Cruz del Intendente.

─¿Y qué son pues los pendones? ─me dirán ustedes.

Antiguamente todas las picanterías de Arequipa tenían un pendón color rojo chomba como enseña, amarrado a un palo de escoba y colocado en la puerta, para avisar que había chicha y picantes. Cuando se terminaban los picantes, inmediatamente la maillana retiraba el pendón y lo guardaba detrás de la puerta, justo encima de la herradura, junto a la pestilente ruda. Y esa era una labor tan cotidiana que no había entonces pendón que no estuviera mugriento. Respecto a esta divisa picantera que las identificaba como tales, había asimismo una superstición muy secular que decía que ésta tenía una seña secreta. ─¿Quién, entonces, no intentó descifrarla?─. Y muchos tenían su propia opinión respecto a cuál era ésta, no habiendo jamás consenso alguno que fructifique en la opinión popular, aunque la más aceptada era sin dudas la que a continuación se relata: “Si el pendón no tenía borla era porque en esa picantería la picantera era una bruja”. Así es. Y así lo empezaron a aceptar todos. Y es que la razón de que no tuviera borla el pendón era porque para una bruja este fetiche era signo de mala suerte.

Pero bueno, algo que se tuvo que mantener como ultra secreto de estado en Norteamérica, después de aquél año cabalístico de 1969 en que llegó el hombre a la luna, era pues que los americanos creyeron que ya los rusos habían conquistado la luna, porque Angstrom encontró, no bien bajó del Apolo 11, plantado en la arena blanca del Mar de la Tranquilidad, un pendón de picantería sin borla, que al ser de color rojo como los colores soviéticos, los astronautas juraban, no sin razón, que era la bandera de los rusos que se les habían adelantado, ganando la Carrera Espacial.

Pero esto no quedó aquí, ─¡ay tatito!

El día que las brujas de Huaranguillo, quienes fueron las que plantaron ese pendón en la luna, se enteraron de esta ignominia, se armó inmediatamente una reverenda revuelta y un sabotaje contra los pilotos del Apolo 11, que puso en peligro la tan mentada conquista de la luna por los estadounidenses. Los informes de los astronautas, que empezaron a reportar a Huston, decían que estaban siendo atacados por seres extraterrestres desconocidos que volaban en torno a ellos bombardeándolos con meteoritos.

¡Qué meteoritos ni niño muerto! Eran las brujas de Huaraguillo que montadas en sus escobas agarraron a pedradas a los astronautas. ¿Y por qué no las vieron ni les tomaron fotos? Porque esperaron a que entraran en la cara oculta de la luna para atacarlos.

Y aquí es donde he de comenzar a contarles cómo es que las brujas llegaron a la luna primero que los americanos, lo que con justa razón les da el derecho de reclamarla como suya.

Todo se inició en la picantería de doña Salomé Díaz en Alata, donde dicen que a causa de tantas y frecuentes peleas entre las diferentes pandillas de brujas, se decidió reunir un cónclave para poner fin a esta interminable disputa de los arenales. Y en el pleno de la irreconciliable discusión, doña Dominga de Marcarani puso en agenda la posesión de la luna para zanjar este eterno pleito, a lo que todas, estando de acuerdo, votaron por unanimidad que quienes la conquisten primero, serían los dueños de ella, y cómo no de los arenales de toda Chimba baja. Se aceptó el reto, que dio un plazo máximo de ocho días para su cumplimiento, lo que dio inicio a las susodichas olimpiadas de brujas que concluirían con la primera pandilla que llegue a la luna, fecha en que ser reunirían nuevamente en un cónclave en la picantería de doña Salomé Díaz para la concesión definitiva de la luna y los arenales.

─¡”Regístrese, comuníquese y archívese”!, proclamó eufórica la bruja mayor.

Aunque parezca descabellado e increíble, las seis pandillas que participaron en la olimpiada hicieron los intentos más absurdos por llegar primero a la luna. Así tenemos que las de Huasacache crearon una catapulta fabricada de una horquilla encima de un barril para lanzar a una bruja hacia el espacio. Jamás funcionó porque la horquilla se quebró y la bruja cayó dentro de un estanque lleno de fango. Mayor ridículo hicieron las de Tío que hicieron una cacha gigante en la que pusieron a una bruja en su escoba y fue lanzada al espacio cayendo después de un minuto en Tiabaya. Las de Sachaca, se pasaron de ingenuas porque se prestaron una escalera de Salvador Villanueva para subir hasta la luna cuando estuviera saliendo por Chiguata. El intento tan entusiasmado no funcionó porque cuando llegaron a Chiguata después de 6 horas de viaje, la luna ya estaba en Uchumayo. Y ni qué decir de las brujas del Cerro de la Aparecida, que hicieron un cohete espacial que lo amarraron a una pila de chala en la que se suponía era una torre de lanzamiento en el aeropuerto de don Goyo Paiva. El cohete lo taquearon con pólvora y guano de burro, y terminó incendiándose como si fueran fuegos artificiales, estallando en mil pedazos. Tampoco funcionó, y más bien, las brujas salieron volando como proyectiles en todas direcciones mientras sus escobas se iban quemando.

Ridículo tras ridículo, fue lo que se vivió en esa semana olímpica de las brujas de la Chimba baja, quienes, amparadas en la noche, ensayaban diversas maneras de lanzar al espacio a sus astrobrujas que despertaron más de una vez la curiosidad y la extrañeza de la gente. Cuenta por ejemplo la leyenda, que los antiguos sachacas que festejaban las vísperas de San Isidro el labrador, veían a cada rato volar por los cielos extraños bonzos que se asemejaban a balas de artillería o cometas incandescentes que pasaban como ráfagas iluminando la iglesia y la plaza y rápidamente se extinguían cayendo en las chacras o el río.

Y es que las brujas, cuales calabazas huecas, podían ser diestras en conjuros y demás encantos o hechizos ─y en hacer picantes y buena chicha, por supuesto─ pero no eran inteligentes y carecían de la tecnología necesaria para poder hacer viajes interestelares, cosa que sí conocía, por sus amplios estudios científicos y alquímicos, el sabio y erudito Sir Angel Gonzales, el “Brujo Mayor” de Huaranguillo.

Efectivamente, este experimentado merlín les explicó que la única manera de alcanzar la luna sin hacer un largo viaje no era catapultando sus escobas o cohetes al espacio, sino utilizando la antigua tecnología de sus ancestrales abuelas picanteras, y que consistía simplemente en sacar la tinaja de la chicha al patio para que la luna llena se refleje en ella y después entrar volando por allí como si fuera una claraboya. Y así lo hicieron, logrando entrar toda la pandilla de brujas de este pueblo, alunizando y plantando un pendón de picantería, que allí estuvo por años hasta que llegaron los gringos en 1969.

Por eso la razón hace su reclamo justo con la historia y la leyenda: Veredicto inapelable de la Corte Suprema: “Los primeros en llegar a luna no fueron los americanos ni los rusos; y menos, las huasacaches, tieñas o sachacas, más bien fueron las brujas de Huaranguillo las que ganaron la Carrera Espacial justo el día de San Blando, un día que no tiene dónde ni cuándo”.


 

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